Archivado en: INVADIR A LOS MUERTOS
De paseo, de repente en noviembre, me tropecé con un viaje fugaz al cementerio de la recoleta.
Ahí con mi mirada en la mano, con esa herramienta que registra nuestros ojos, contemplé, recorrí y recordé a los muertos.
Caminé, observé, examiné y fotografié los elementos que acobijan a esas almas que descansan en el cementerio.
Los detalles, la naturaleza, los gatos, los restos de la rutina de un cementerio; estaban ahí. Se mezclaban con los turistas. Bizarro.
Un lugar tan ajeno, antiguo, bonito y gris con los colores, los ánimos y las cámaras de los ajenos.
Curiosos, ansiosos, religiosos… escuchaban la historia de cada monumento. Atentos, tímidos y exuberantes.
Yo recorrí los detalles, los primeros planos, los rincones, las lápidas, con sus palabras, flores y cajones.
Algo intimidada me encontré y sentí, en algún momento, que invadía a los muertos. No los quería molestar, no era nada personal; solo curiosidad de sus elementos, restos y movimientos. Sus candados, sus trabas, sus jaulas, sus contenedores, sus símbolos sin vida; su encapsulamiento. Su prisión. Su escaso sentimiento.
No hay familias visitando a sus muertos. Hay turistas inquietos visitando un invento.
